Por lo general, el Evangelio de Juan suele interpretarse desde la óptica de los filósofos griegos y sus categorías filosóficas, en lugar de hacerlo desde una perspectiva hebrea. Sin embargo, el lector debe recordar siempre que se trata de escritos judíos, redactados por un judío, y que deben leerse con «lentes judíos». Para comprender este evangelio es indispensable reconocer que su autor es un judío discípulo de Yeshúa llamado Yojanán (Ioanés = Juan), quien, al igual que los demás discípulos, fue posteriormente helenizado por la influencia del catolicismo.
En consecuencia, el Evangelio de Juan debe entenderse dentro del marco de su misión: Yojanán (= Juan) fue enviado a los de la circuncisión, es decir, a los judíos, y su escrito también iba dirigido principalmente a ellos. Después de todo, Yojanán—Juan era un judío profundamente enraizado en la cultura de Israel, y tal como afirma Pablo, él fue enviado a los judíos: «Y reconociendo la gracia que me había sido dada, Jacobo, Kéfa (Pedro) y Juan, que eran considerados como columnas, nos dieron a mí y a Bernabé la mano en señal de compañerismo, para que nosotros fuésemos a los gentiles, y ellos a la circuncisión» (Gál 2:9).
La mayoría de los comentaristas incurren en el grave error de leer Juan capítulo 1 desde categorías helénicas, suponiendo que el emisario fue influenciado por la filosofía griega y que, por tanto, introdujo el concepto del «Logos» («λόγος») en la fe de Israel. Pero nada más alejado de la verdad. La realidad es que el principio del Habla de Dios (= Verbo; Palabra; Logos) se encuentra ya en la propia Escritura. En Génesis 1 se nos muestra cómo Dios creó todas las cosas mediante su «Habla» (los diez «y dijo Dios» del capítulo). Asimismo, el Salmo 33.6 declara que «por la Palabra de Adonái fueron hechos los cielos y todo su ejército por el aliento de su boca».
De ahí la importancia de considerar también los escritos judíos y rabínicos sobre el Habla de Dios. En hebreo se le llama Davár («דָּבָר»), y en arameo Memrá («מֵימְרָא»), término con el cual se alude a la manifestación de Dios en el mundo. Esto se confirma en los Targumím, paráfrasis arameas de la Escritura destinadas a que los oyentes comprendieran el texto. En dichos documentos la Memrá («מֵימְרָא») aparece como el principio y el fin de toda revelación de Dios. Porque así como la palabra o habla humana hace visible a los oyentes lo que estaba oculto en el pensamiento, de igual modo la Palabra es la revelación de Dios —antes inaccesible— en este mundo.



