¿En qué momento comenzamos a convertir los epítetos rabínicos y cabalísticos en la base para referirnos a nuestro Elohím, cuando el rey David, inspirado por el Rúaj/Espíritu de Elohím, y de igual manera todos los Profetas, nunca recurrieron a títulos de origen rabínico?
Es decir, me refiero a títulos como Ribóno shel Olám, HaQadósh Barúj Hú, HaMaqóm, Éin Sof, entre otros términos y conceptos (como la oración cabalística Modé Aní), los cuales, si bien no todos los considero erróneos, no aparecen en el texto sagrado e inspirado.
El problema que veo, no es la reverencia, sino el desplazamiento del lenguaje inspirado por un lenguaje conceptual. Cuando esto ocurre, la oración deja de brotar del Texto Inspirado y comienza a depender de construcciones humanas.
Entonces, ¿Por qué los Rabinos se tomaron la libertad de acuñar nuevos títulos en lugar de quedarse con los ya revelados por el Rúaj HaQódesh / Espíritu de Elohím?
Al crear nuevos términos, se puede empezar a moldear la percepción de Dios según la filosofía del momento en lugar de la revelación directa. Cuando se sustituye el lenguaje inspirado por un lenguaje meramente conceptual, aunque resulte piadoso y reverente, se altera la manera en que el creyente se relaciona con Dios.
¿Por qué no quedarse con los títulos bíblicos?
Estos ya han sido aprobados, han sido inspirados y constituyen el corazón y la emoción del orante. La creación de nuevos títulos, en cambio, introduce categorías humanas, con el riesgo de caer en la abstracción y de quebrar el tono propio de los Salmos inspirados.
Si los Salmos fueron dictados por el Rúaj HaQódesh (Espíritu de Santidad), contienen la frecuencia exacta y la voluntad perfecta de cómo Dios desea ser abordado. Cualquier palabra humana, por muy bien intencionada que sea, es inherentemente inferior a la palabra revelada. Introducir términos o conceptos que no están en el Texto Sagrado es asumir que la revelación original estaba "incompleta" o que el lenguaje del hombre puede mejorar el lenguaje de Dios.
Al orar exclusivamente con los Salmos y el lenguaje bíblico, el creyente se asegura de no atribuir a Dios atributos que Él no se atribuyó, ni pedir cosas que no estén alineadas con Su justicia.
Usar palabras extrañas a la Escritura es como ofrecer "fuego extraño" (Esh Zará): puede que el fuego queme, pero no es el que Dios encendió.
¿Acaso el Rey David, bajo inspiración, olvidó algún título necesario para describir la grandeza de Dios que los hombres del segundo siglo tuvieron que inventar? El libro de los Salmos / Séfer Tehilim, no es simplemente una colección de poemas; es la liturgia perfecta dictada por el Rúaj HaQódesh (Espíritu de Santidad). Si el Rey David y los Profetas articularon palabras bajo inspiración directa del Espíritu de Elohím, ¿cómo podría el lenguaje humano, limitado por el tiempo y la cultura, pretender "mejorar" o "complementar" lo que Dios ya ha declarado como perfecto?
Así como el Tabernáculo no podía ser construido según el ingenio humano, por muy creativo que sea, sino siguiendo el patrón exacto mostrado en el monte, nuestra aproximación al Creador no debe quedar a la invención de los hombres.
La frontera entre la oración inspirada y el "fuego extraño" es sumamente delgada. Cuando el hombre se toma la libertad de redactar sus propias fórmulas litúrgicas, se adentra en un terreno donde la subjetividad y el error acechan. Al prescindir del lenguaje y la estructura de la Escritura, se corre el riesgo de orar fuera de la voluntad de Dios.
Al alejarnos de la estructura de los Salmos, corremos el riesgo de: Solicitar lo que no corresponde. Atribuir conceptos erróneos. Alterar la reverencia ya establecida por el Espíritu de Elohím. Y por último, desplazar el lenguaje y el tono inspirado por un lenguaje y un tono conceptual y no inspirado.
Por eso, como Discípulos de Yeshúa debemos de acudir únicamente a los títulos y al lenguaje usados en la Escritura. Nuestra postura es clara: la seguridad teológica reside en el lenguaje de la Escritura. Utilizamos los nombres con los que Él se reveló.
La línea es tan fina que la única manera de asegurar que no estamos "diciendo algo que no debamos" es refugiándonos en el texto inspirado. El Séfer Tehilím /Salmos y los Profetas actúan como un filtro de pureza: si está escrito en el Salmo, es legal ante el Trono; si es una invención posterior, queda sujeto a la imperfección del entendimiento humano.
Como discípulos de Yeshúa el Mashíaj, invoquemos los atributos que Elohím mismo se adjudicó. Mantegamos la "línea estructural" de los Salmos para evitar el error de decir aquello que no debemos. Preferimos el silencio o la repetición de un versículo eterno antes que la elocuencia de una oración que no corresponde a la verdad revelada.
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