El Yeush (Abatimiento) en el contexto del Arrepentimiento (Teshuvá)
¡Ten cuidado con el Yeush!
Lo peor que puede hacer una persona después de caer en un pecado grave es rendirse, cayendo en un principio rabínico conocido como: Yeush (ייאוש).
En el pensamiento rabínico, el término Yeush (ייאוש) se traduce literalmente como "desesperación" o "perder la esperanza". Aunque tiene un uso técnico muy importante en las leyes de propiedad según la Torá (Hashavat Avedá: cuando alguien pierde un objeto y "se rinde" de encontrarlo), en el contexto del arrepentimiento (teshuvá), adquiere un matiz psicológico y espiritual de mucha importancia. Una vez más, en la halajá judía Yeush suele describir el momento en que el dueño de un objeto perdido renuncia interiormente a recuperarlo. Ese sentimiento de “darse por vencido” y “abatamiento” ayuda a entender su uso espiritual. Cuando un dueño pierde un objeto y llega a la conclusión de que nunca lo recuperará, se dice que ha hecho Yeush. En ese momento, legalmente, el objeto deja de pertenecerle.
Cuando trasladamos este concepto al ámbito de la Teshuvá (arrepentimiento), el Yeush ocurre cuando el individuo "se rinde" respecto a su propia alma. El Yeush es el estado en el que una persona decide que “ya es demasiado tarde” “que es muy grande el pecado cometido” o que “está demasiado rota” para cambiar. Es la convicción interna de que:
Tus errores son más grandes que tu capacidad de corregirlos.
Dios, que es el Creador del Universo, ya no te aceptará de vuelta.
Tu naturaleza es esencialmente mala y no puedes actuar de otra manera.
Mientras que la Teshuvá (el arrepentimiento) exige creer en el cambio, la transformación y plasticidad del ser humano, el Yeush dicta que tu naturaleza es estática y está condenada por el pasado.
El Yeush como una Trampa del Yetzér Hará (Inclinación al Mal)
Los maestros del Musar (ética judía) enseñan que el Yeush no es un "humilde reconocimiento de los errores", sino una táctica y una trampa del Yetzer Hará (la inclinación al mal). A menudo, la desesperación se disfraza de piedad o humildad: el individuo dice: "Soy tan pecador que no soy digno de acercarme a Dios en arrepentimiento".
Los maestros advierten que esta es una "humildad impura". El verdadero arrepentimiento nace de la responsabilidad. El Yeush, en cambio, nace del ego herido que no soporta haber fallado. Al desesperar, la persona se libera de la carga de intentar mejorar. Si no hay esperanza de cambio, no hay obligación de esforzarse (recordemos el pecado de Caín, cuando “decayó su semblante” y nunca se levantó). Por lo tanto, el Yeush no es el fondo del pozo, sino la parálisis que impide salir de él.
Si el "instinto del mal" logra convencerte a ti de que ya no tienes esperanza, dejarás de esforzarte. La desesperación es el motor de la apatía; si nada importa, ¿para qué intentar ser mejor? Mejor es tirar la toalla.
Sin embargo, el Yeush es incompatible con la fe. Por eso el libro de Proverbios dice sobre el justo (ojo: no sobre el injusto) que cae siete veces: éste se vuelve a levantar (Proverbios 24:16). La diferencia entre un justo o un injusto, recae, según este texto, en que el justo vuelve a levantarse, mientras que el injusto, no se levanta, se deja sumergir por el mar de los pecados, en lugar de luchar para salir de allí. Por eso, decir que no puedes cambiar es, técnicamente, decir que el poder de Dios para perdonarte o ayudarte es limitado. El yeush es la voz interior que te dice: “He pecado demasiado; ya no hay camino de retorno”. La respuesta a esa voz no es trivializar el pecado, sino afirmar que la gravedad de la falta no cancela por sí misma la puerta de la teshuvá (arrepentimiento). Cuando la persona interpreta su fracaso como prueba de que Dios ya no está con ella y que todo está perdido, eso no constituye teshuvá (arrepentimiento) sino yeush.
Para ti, que sientes que el peso de tus errores es un muro infranqueable; para ti, que después de fallar has escuchado esa voz interna que dice: “¿Para qué molestarse? Ya es tarde” “ya he pecado demasiado” “mi falta es muy grande” “no seré perdonado”.
No eres el primero en caer, ni el único en sentir que ya no hay regreso. Recuerda que en la ley judía, el Yeush (la desesperación) solo ocurre cuando el dueño de un objeto se rinde y lo abandona. Pero hay una verdad fundamental que debes abrazar en tu corazón con todas tus fuerzas: El Creador jamás hace Yeush de ti. Tú puedes haberte rendido de ti mismo, pero Quien te dio la vida sigue apostando por tu alma en cada respiración que te concede. No permitas que el error de ayer se convierta en la tumba de tu mañana. El Yeush es el único pecado que no tiene solución, simplemente porque es el único que te impide intentar la cura. Pero la caída no es el final del camino, sino, a menudo, el preludio de un ascenso mucho más alto.
Mientras la vela siga encendida, todavía es posible reparar. Mientras tu vida siga en llamas, tu vela está encendida. Tu historia no ha terminado. Levántate, sacúdete el polvo de la caída y da el primer paso, por pequeño que sea. El cielo no está esperando tu perfección, espera tu regreso. Aunque el yeush te susurre al oído: “ya es demasiado tarde” “es muy grave el daño”; la teshuvá (arrepentimiento) en Yeshúa, el Hijo del Altísimo, que murió por tus iniquidades, faltas y pecados (cf. Isaías 53), te dice: “mientras haya vida, en Yeshúa, el regreso sigue abierto”.
El Salmo 51 es el texto más adecuado quizás en este momento de lo que quizás estás viviendo el día de hoy. Es el grito del alma de alguien que sabe exactamente lo que hizo, siente el peso completo, y aun así no pierde la certeza de que puede ser restaurado:
“Crea en mí un corazón puro, oh Elohim, y renueva un espíritu firme dentro de mí. No me arrojes de tu presencia, ni quites de mí tu Ruaj HaQódesh / Espíritu de Santidad”. Y añade extraordinariamente: "Entonces enseñaré a los transgresores tus caminos, y los pecadores se convertirán a ti."
Amigo/Hermano/Querido: Si confiesas tus pecados delante de Dios, confía en que nuestro Padre que está en los Cielos, que es fiel y bueno para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad (1Jn 1:9), sabe recibir, levantar y recomenzar con quienes se vuelven a Él. Luego de hacer esto, no temas o sientas vergüenza en regresar a estudiar la Torá: La Torá de Adonái es perfecta, transforma el alma (Salmo 19:7). El estudio de la Torá no se suspende por causa del pecado, sino que es parte del remedio. Separar a alguien de la Torá junto con el amor de Yeshúa, como consecuencia, sería quitarle precisamente lo que lo puede restaurar. Por eso, el estudio personal de la Torá debe de ser inmediatamente, sin período de espera. La teshuvá (arrepentimiento) y el estudio deben ocurrir simultáneamente.
Misericordioso y clemente es Adonái;
Lento para la ira, y grande en misericordia.
— Salmo 103:8



