La Biblia entera cuenta la historia de cómo Dios cumple su intención original de habitar con su pueblo. En Éxodo 40,34, la gloria divina desciende sobre el Tabernáculo: “Entonces una nube cubrió el tabernáculo de reunión, y la gloria de Yehové llenó el tabernáculo”. Después de que David establece el reino en Jerusalén, su hijo Salomón construye el templo que reemplazará al Tabernáculo. Será una pequeña maqueta de la nueva creación de Dios. Todos estos son anticipos de la restauración final de todas las cosas. Así, en 1 Reyes 8, la gloria divina desciende para habitar en el templo de Salomón, tal como había ocurrido con el Tabernáculo en Éxodo 40.
Al considerar el relato de Salomón, hijo de David, quien prefigura al verdadero Hijo de David, Yeshúa, se observa la edificación de un templo material. Sin embargo, en la era mesiánica, la obra del Hijo de David consiste en la edificación de una casa espiritual. Así lo expresa Shimón Kéfa en 1 Pedro 2,4-5, al afirmar que, al acercarnos a Yeshúa, somos edificados como casa espiritual. En consecuencia, las realidades espirituales, con sus matices y delicadezas propias del Espíritu de Elohím, se encuentran tipificadas en los detalles mismos de la construcción del templo material. Porque el templo es una figura del verdadero templo, que somos nosotros, la Comunidad del Elohím vivo, como señala Shaúl (Paulos/Pablo): “vosotros sois el templo de Dios” (2 Corintios 6.16).
De este modo, Salomón, el edificador del templo, actúa como figura del Hijo de David, es decir, del verdadero Hijo de David. Esto no implica que Salomón carezca de validez, sino que su papel se inscribe dentro de una tipología. En realidad, Dios no estaba refiriéndose únicamente a Salomón, sino a Yeshúa, el Hijo de David, quien edifica el Cuerpo del Mesías, la Comunidad del Elohím viviente.
Ahora bien, toda edificación auténtica requiere un diseño previo y una representación anticipada. El templo material cumple esa función, aunque Dios no habita en una representación limitada, pues está escrito: «¿Qué casa me edificaréis, si Yo lleno los cielos y la tierra?» (Isaías 66,1). Con todo, Adonái escogió un lugar concreto, un templo real, y dispuso que Salomón lo prefigurara mediante esa construcción.
En 1 Reyes capítulo 6, abordaremos una doble lectura: una antes y otra detrás del velo. Gramática histórica referida al pasado, pero detrás del velo, espiritual, referida al presente y al futuro:
“En el año cuatrocientos ochenta después que los hijos de Israel salieron de Egipto, el cuarto año del principio del reino de Salomón sobre Israel, en el mes de Ziv, que es el mes segundo, comenzó él a edificar la casa de Adonái.” (1 Reyes 6,1).
En el año segundo, porque el mes primero, y el año primero, corresponde a Pésaj (la Pascua), al fundamento, es decir, corresponde a la cabeza, porque Elohím dijo: “para vosotros Israel, este será el primer mes del año” (Éx 12,1), es decir, Aviv (también conocido como Nisán), en primavera. Que nosotros llamamos marzo o abril, pero en realidad es el primero de Aviv. Así, Pésaj (La Pascua) es el principio, que se observa entre el 14 y el 15, que es la primera luna llena del año, en el centro del mes. Y así, el primer mes, es el mes de Pésaj (la Pascua), porque no hay comienzo sin Yeshúa, que es nuestro Pésaj (Pascua), y si él no muere al principio, nosotros no vivimos. Él murió y resucitó, y es nuestro comienzo. Siempre lo relativo a Yeshúa, tiene que ocupar el primer lugar, para que él sea el primogénito y el preeminente en todas las cosas.
Entonces Aviv, el primer mes, que es el mes de la cabeza, es el mes del fundamento, pero el segundo mes, que es el mes de Ziv, es el mes del tabernáculo, es el mes de la Casa, es el mes del Cuerpo. De esta manera, primero está la Cabeza, segundo, el Cuerpo, que forman el misterio del Mashíaj / Mesías, cabeza y cuerpo... Yeshúa y la Comunidad. Como dice Shaúl/ Pablo en Efesios 3,6: “que los gentiles son coherederos y miembros del mismo cuerpo, y copartícipes de la promesa en el Mesías Yeshúa por medio de las buenas nuevas”. Ese es el Cuerpo de Yeshúa, conformado por personas, por seres humanos, llamados tanto de Israel como de entre las naciones.
De manera similar, el templo que edificó el hijo de David, Salomón, fue construido con madera proveniente de los gentiles. Esta madera llegaba por mar hasta el puerto de Jope (Jafa), donde hoy se encuentra Tel Aviv, el punto de acceso internacional a Israel desde las naciones. Precisamente por este puerto ingresaba la madera de los gentiles, que se unía con la madera de Israel para edificar la Casa de Adonái, reflejando la unión entre ambos en un solo pueblo (cf. Ezequiel 37,15-28). En 2 Crónicas 2,16-17, pasaje paralelo a 1 Reyes, se menciona que la madera utilizada para la construcción del templo provenía de los gentiles.
“Nosotros cortaremos madera del Líbano, conforme a toda tu necesidad, y te la traeremos en balsas por mar a Jope (Jafa), y tú la harás llevar a Jerusalén” (2 Crónicas 2,16-17).
Esto ilustra cómo la cooperación entre Israel y los gentiles fue clave en la construcción del Templo, simbolizando la unión de diferentes pueblos en la obra de Elohím. La madera de los gentiles y la madera de Israel se unieron para edificar la Casa de Adonái, reflejando así el tema de inclusión que se menciona en Efesios 3,6, donde se afirma que los gentiles también son coherederos y miembros del mismo cuerpo en Yeshúa el Mesías.
Precisamente a Kefa (helenizado Pedro), quien ahora vivía la realidad del verdadero Templo y, tras haberse recibido el mensaje del Evangelio en Jerusalén y Judea, se encontraba en Jope (Yafa), el mismo puerto por donde ingresaba la madera gentil para formar parte del Templo de Elohím. Allí, en Jope, recibió una visión en la que veía animales inmundos descender, y una voz le decía: “Mata y come”. Kefa se negó, respondiendo: “Nunca he comido nada impuro ni inmundo”, a lo que la voz replicó: “Lo que yo he limpiado, no lo llames común ni inmundo”. Con esto, Elohím le estaba ordenando aceptar a los gentiles, precisamente en aquel mismo lugar. Kéfa (Pedro) meditaba sobre el significado de aquella triple visión, que había recibido tres veces como una confirmación. Mientras reflexionaba, los gentiles llegaron a su puerta, y en ese momento, el Espíritu le ordenó: “ve con ellos sin preguntar nada”. Cuando estuvo con ellos, aún no había terminado de hablar cuando el Espíritu de Elohím descendió sobre los gentiles, del mismo modo en que lo había hecho sobre los creyentes de Israel. Entonces, fueron sumergidos (bautizados) en nombre de Yeshúa. Porque el mismo Dios que creó a Israel también creó a los gentiles, y ante Él no hay almas de segunda clase. Todos somos iguales ante su presencia, aunque algunos hemos sido justificados por la sangre de Yeshúa al creer en Él, mientras que quienes no creen permanecen sin justificación y condenados, por no haber escuchado la voz del Hijo de Elohím.
Ahora bien, ¿dónde recibe Kéfa (Pedro) esta orden? En Jope (Yafa).
¿Por dónde ingresaba la madera de los gentiles para formar parte del Templo y edificarlo? En Jope (Yafa).
¿Cuántos creyentes estaban reunidos en Shavuot (Pentecostés)? 120.
¿Cuántos sacerdotes tocaron las trompetas para entronizar el Arca en el Templo y recibir la gloria —presencia— de Adonái? 120, como lo señala 2 Crónicas 5,12-14:
“y los levitas cantores, todos los de Asaf, los de Hemán y los de Jedutún, juntamente con sus hijos y sus hermanos, vestidos de lino fino, estaban con címbalos y salterios y arpas al oriente del altar; y con ellos ciento veinte sacerdotes que tocaban trompetas, cuando sonaban, pues, las trompetas, y cantaban todos a una, para alabar y dar gracias a Yahvé, y a medida que alzaban la voz con trompetas y címbalos y otros instrumentos de música, y alababan a Yahvé, diciendo: Porque él es bueno, porque su misericordia es para siempre; entonces la casa se llenó de una nube, la casa de Yavhé. Y no podían los sacerdotes estar allí para ministrar, por causa de la nube; porque la gloria de Yahvé había llenado la casa de Dios.” 2 Crónicas 5,12-14.
Se advierte cómo Dios revela lo venidero a través de lo pasado. En cuanto a la visión de Kéfa, los alimentos impuros en Levítico funcionan como una representación simbólica de la advertencia de no mezclarse con idólatras ni adoptar sus costumbres. La clave interpretativa se halla en la voz celestial del v.15: «Lo que Dios ha purificado no lo llames inmundo».
La declaración no implica una reclasificación de lo establecido en Levítico, como si ahora se redefiniera lo permitido y lo prohibido. No significa “lo que Dios etiquetó en Levítico y ahora lo está re-etiquetando”. Indica, más bien, que aquello que verdaderamente era considerado impuro, es decir, los gentiles en su condición anterior, está siendo ahora purificado por Dios.



