Para comprender mejor la afirmación de Génesis 1:26, donde se señala que Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, citaré Génesis 3:5.
Y vivió Adám ciento treinta años, y engendró un hijo a su semejanza, conforme a su imagen, y llamó su nombre Set. (Gn 3:5)
La Torá no establece que Set sea la imagen de Adám, sino que fue engendrado conforme a su imagen. En hebreo, el término traducido como “imagen” es tzélem (צֶלֶם), el cual alude a una escultura o representación visible y tangible. En este contexto, se interpreta que se refiere al cuerpo de Adám, indicando que Set heredó una forma física semejante a la de su progenitor.
Por otra parte, según lo registrado en Génesis 1:26 de la Torá, Adám fue creado a imagen de Dios. La expresión hebrea Betzélem (בְּצֶלֶם), traducida como “conforme a su imagen”, sugiere la idea de una copia o réplica. Este uso se observa en pasajes como Éxodo 25:40, 30:32 y 30:37, donde se emplea la frase “conforme al modelo que te fue mostrado”. Desde el principio, el texto parece indicar que Adám fue creado siguiendo un modelo físico de Dios, al que se hace referencia como “la imagen de Dios”.
El emisario Shaúl (Pablo) parece identificar a Yeshúa, el Mesías, como “la imagen (eikón, εἰκών) del Dios invisible” (Colosenses 1:15). Esta afirmación sugiere que el Dios que no puede ser visto posee una imagen visible a través de la cual se revela al mundo. Cabe destacar que Shaúl (Pablo) ya había aplicado esta misma expresión a Yeshúa en una carta anterior (2 Corintios 4:4).
Dado que la imagen de Dios también se atribuye al ser humano (1 Corintios 11:7), es crucial notar que el ser humano fue creado por medio de Yeshúa (Colosenses 1:16). Por lo tanto, el ser humano solo posee la imagen de Dios de una manera derivada, lo que significa que es, en esencia, la imagen de la imagen. Yeshúa, en cambio, es la imagen de Dios en su sentido primario y directo.
En Colosenses 1:15, Shaúl (Pablo) identifica a Yeshúa como la imagen visible de Dios. Esta interpretación se refuerza por el hecho de que Shaúl (Pablo) contrasta directamente la expresión “imagen” con el epíteto “Dios invisible”. Al hacerlo, subraya la invisibilidad de Dios en la visibilidad de su imagen. De no ser así, el texto simplemente habría declarado: “él es la imagen de Dios”, sin la necesidad de añadir el calificativo “invisible”.



