En Pésaj, acompañamos el matzá (pan sin levadura) con hierbas amargas (Éxodo 12:8). Así como el médico emplea hierbas amargas con el propósito de sanar al enfermo, así también el Médico de nuestras almas, con el objetivo de sanarnos y salvarnos, nos habló muchas veces con palabras que resultan amargas al oído y al corazón.
Moshé nos ordenó comer en Pésaj las instrucciones de Mashíaj que son amargas para el corazón, y por eso las llamamos “hierbas amargas”. ¿Acaso no nos son amargas sus palabras cuando dice: “Si quieres ser perfecto, vende todo lo que posees, reparte el dinero entre los pobres y sígueme” (Mt 19:21)? ¿O cuando nos enseña que el que tiene dos túnicas dé al que no tiene (Mt 10:10; cf. Lc 3:11, palabras de Yojanán el Inmersor)? Nos resultan difíciles de aceptar cuando nos pide a amar a quienes nos odian, para ser verdaderos hijos de su Padre (Mt 5:43-44). O cuando declara que seremos llevados a juicio con solo airarnos contra nuestro hermano (Mt 5:22). O que debemos vivir sin la ansiedad del afán (Mt 6:25) y que nuestra justicia debe de ser superior a la de los fariseos (Mt 5:20). Nos ordena, incluso, amar, no juzgar y perdonar en todo momento (Lc 6:37). Las instrucciones del Mashíaj son las verdaderas “hierbas amargas” para el corazón, por eso Yeshúa nos manda a decir: “El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, cargue con su cruz y sígame” (Mt 16:24).
Estas verdades duelen porque golpean nuestro ego. Yo mismo lucho a diario para llevarlas a cabo. Ese amargor que sentimos al escucharlas, esa punzada en el corazón malvado que proviene de nuestras debilidades, es la señal de que la medicina está haciendo efecto. Si masticamos estas enseñanzas con obediencia, ese sabor amargo se convierte en la fuerza que restaura nuestra vida.



