Ante el temor de Moshé por la posible aniquilación del pueblo de Israel a manos de los egipcios, Elohím le reveló una zarza que ardía sin consumirse. Según el Midrash Rabá (Éxodo 3), esta visión contenía una promesa implícita: «Así como esta zarza arde y no se consume, de igual manera los egipcios no podrán destruir a los hijos de Israel» (Midrash Rabá sobre Éxodo 3).
En este mismo encuentro, al encomendarle la misión de liberar al pueblo, Elohím le otorgó a Moshé tres señales milagrosas para validar su autoridad ante los israelitas:
La vara que se transforma en serpiente.
La mano que se vuelve leprosa.
El agua que se convierte en sangre.
El propósito fundamental de estos prodigios era que el pueblo reconociera la elección divina de Moshé, tal como declara la Escritura: «Para que crean que Adonái, el Elohím de tus padres, el Elohím de Avraham, el Dios de Itzjáq y el Elohím de Iaacov, se te ha aparecido» (Éxodo 4:5).
Antes de la exposición es necesario recordar que a lo largo de los siglos surgieron diversas tradiciones en torno a la venida del Mashíaj. En ellas se formularon reflexiones sobre lo que el Mesías haría y diría, y numerosos pasajes de la Torá fueron estudiados y aplicados a su futura manifestación. Sin embargo, por encima de todas estas interpretaciones y relatos se mantenía una premisa fundamental: el Mashíaj se asemejaría a Moshé en casi todos los aspectos imaginables. La idea de que «el último redentor —el Mashíaj— sería como el primer redentor —Moshé—» constituía un axioma ampliamente aceptado entre los judíos (Kohelet Rabá 1:28; Rut Rabá 5:6).
La Primera Señal
En Nm 21:4–9, cuando los hijos de Israel se hallaban en el desierto, fueron atacados por serpientes venenosas. Elohím proveyó entonces un remedio: mandó colgar una serpiente de bronce en la asta (enfatizando el artículo definido), de modo que todo aquel que la contemplara fuese sanado de sus mordeduras.
Siglos más tarde, Yeshúa mismo retoma esta imagen en Jn 3:14, identificándose con aquella serpiente levantada por Moshé y estableciendo un paralelismo directo con su sacrificio en el Gólgota. A primera vista, puede resultar paradójicoy difícil comprender cómo el Mashíaj se compara con un animal considerado impuro, asociado al mal y a la maldición—especialmente si recordamos que la serpiente fue condenada a arrastrarse sobre su vientre desde el Edén (Gn 3:14). Sin embargo, al examinar con mayor profundidad por qué Yeshúa afirmó que la serpiente de bronce era figura de su propia crucifixión, se hace evidente que este símbolo debía entenderse en un sentido más trascendental. Aquel que «no conoció pecado» se hizo pecado por nosotros (2 Cor 5:21), y quien es la fuente de toda bendición se hizo maldición por nosotros (Gál 3:13).
La Segunda Señal
La segunda señal consiste en la transformación de la mano de Moshé en una mano leprosa.
En el tratado Sanedrín 98b de la Guemará, cuando se pregunta sobre el nombre del Mashíaj (Mesías), la respuesta es: «El leproso». La razón que ofrece el Talmúd es que, respecto al Mashíaj, está escrito: "Él mismo cargó con nuestras enfermedades y llevó nuestros dolores" (Isaías 53:4). El Mashíaj recibe este nombre porque sería rechazado por su pueblo, de la misma manera en que un leproso es excluido y despreciado por la sociedad.
El acto de Moshé de introducir su mano en el pecho para que esta emerja leprosa, seguido de su inmediata restauración, constituye una tipología del ciclo de la vida, muerte y resurrección del Mashíaj. Yeshúa, al cargar con nuestras enfermedades y sufrir nuestros dolores (Is 53:4), entregó su cuerpo para ser quebrantado a causa de nuestros pecados e iniquidades. Sin embargo, así como la mano de Moshé recuperó su pureza original, el Mashíaj fue restaurado en la resurrección, convirtiéndose en la fuente de vida para todos aquellos que permanecen en fidelidad a Su camino.
La Tercera Señal
Moshé convierte las aguas en sangre.
En la señal final, Elohím instruye a Moshé a tomar agua de «el río» (el Nilo), verterla desde un recipiente sobre la tierra seca y observar cómo esta se transforma en sangre al contacto con el suelo. Este acto no es solo un prodigio físico, sino una prefiguración vívida del sacrificio del Mashíaj. El Salmo 22:14 (v. 15 en el cómputo hebreo) anticipa este momento al declarar: «He sido derramado como aguas», una profecía que halla su cumplimiento físico en el Gólgota cuando, «uno de los soldados abrió el costado de Yeshúa con una lanza, y al instante brotó sangre y agua» (Jn 19:34).
Esta fue la señal que Elohím ordenó a Moshé mostrar al pueblo para que creyeran en él. Moshé es, sin duda, una figura que anticipa a Yeshúa el Mashíaj (Dt 18:15). Así como estas señales permitieron al pueblo de Israel reconocer a Moshé como el enviado de Dios, las mismas realidades se cumplen plenamente para confirmar a Yeshúa de Natzrát como el Mashíaj y verdadero Redentor.
Existe otro paralelismo: de la misma manera en que Moshé convirtió el agua en sangre al comenzar su trabajo de redención con las plagas, así también, cuando llegara el Mashíaj, Él transformaría el agua en vino —símbolo de la sangre— como señal inaugural de su misión de redención. Obsérvese que en Jn 2:1–11 se registra que Yeshúa, en su primer milagro, convirtió el agua en vino, el cual simboliza la sangre. Este primer milagro señala que el Mashíaj vino a derramar su vida para la redención de su pueblo.



