No fueron realmente tesis —algunas apenas llegaban a formar una oración completa—, ni Lutero deseaba separarse de la Iglesia Católica; fue excomulgado. Hoy, sin embargo, los ignorantes y desinformados celebran el día de un hombre que fue, en realidad, un antisemita declarado.
En el capítulo 11 de su obra, que él mismo tituló «Contra los judíos y sus mentiras» (Von den Juden und ihren Lügen), un tratado de más de 65,000 palabras impregnado de odio, Martín Lutero exhortó abiertamente a los príncipes y a los cristianos de su tiempo a perseguir y destruir la vida judía en Alemania.
En ese escrito, su pluma se convirtió en arma: dictó con detalle las atrocidades que, según él, debían cometerse contra el pueblo judío. Entre sus expresiones más violentas se encuentran:
«Primero, quemen sus sinagogas o escuelas y entierren y cubran con tierra lo que no pueda arder.
Segundo, destruyan y demuelan sus casas.
Tercero, confisquen sus libros de oración y talmúdicos.
Cuarto, prohíban a sus rabinos enseñar bajo pena de muerte.
Quinto, quítenles su dinero y sus bienes.
Sexto, sométanlos a trabajos forzados o expúlsenlos para siempre».
(WA 53:502–503)
Estas no eran simples palabras. Lutero pedía acción. Lo que siglos después los nazis pondrían en práctica, él ya lo había expresado con precisión aterradora. Su programa coincidía casi palabra por palabra con medidas que siglos después adoptaría Adolfo Hitler. Su obra fue reeditada numerosas veces en Alemania, especialmente entre 1933 y 1945, con prólogos que la vinculaban directamente con la política nazi.
La Voz de Lutero en la Alemania nazi
Durante el Tercer Reich, los líderes nazis y teólogos afines reinterpretaron las palabras de Lutero como una “profecía nacional cumplida”.
En 1933, al cumplirse los 450 años del nacimiento de Lutero, el régimen nazi celebró masivamente su figura como “héroe nacional alemán”. Durante la Kristallnacht —La Noche de los Cristales Rotos—, los nazis distribuyeron copias de “Sobre los judíos y sus mentiras” en Leipzig y Wittenberg. Los nazis y la corriente “Cristianos Alemanes” (Deutsche Christen) consideraban a Lutero un profeta nacional cuyo llamado a destruir sinagogas había sido finalmente cumplido por el Tercer Reich. Tras la Kristallnacht (9–10 de noviembre de 1938), cuando ardieron más de mil sinagogas, el obispo luterano Martin Sasse publicó un panfleto celebrando la coincidencia con el cumpleaños del reformador y citando sus escritos:
«El 10 de noviembre de 1938, en el cumpleaños de Martín Lutero, las sinagogas están ardiendo en Alemania. En esta hora, el judío siente la ira del pueblo. En la historia, el pueblo alemán actúa cumpliendo las palabras de Lutero».
(Martin Sasse, Martin Luther und die Juden: Weg mit ihnen!, Eisenach, 1938)
El editor nazi Julius Streicher, el principal propagandista antisemita del régimen nazi, y fundador del periódico Der Stürmer, citó a Lutero en 1937, como autoridad espiritual para su odio hacia los judíos. Durante su juicio en Núremberg, Streicher citó a Lutero en su defensa, alegando que él simplemente había difundido lo que el reformador Martín Lutero había enseñado sobre los judíos cuatro siglos antes:
«El gran reformador Martín Lutero vio claramente la verdadera naturaleza de los judíos. Su llamado “¡Quemen sus sinagogas!” fue el grito del alma alemana.
Lo que Lutero comenzó, nosotros lo terminaremos».
(Der Stürmer, núm. 14, 1937, p. 2) Registro del Tribunal de Núremberg: IMT, Trial of the Major War Criminals before the International Military Tribunal, vol. 12, p. 315 (testimonio de Streicher, 26 de abril de 1946).
Durante el Tercer Reich, los nazis invocaron los escritos antijudíos de Martín Lutero como justificación teológica e histórica de sus actos, y en los juicios de Núremberg se reconoció públicamente esa influencia en la mentalidad antisemita alemana.
Incluso en un discurso del 21 de abril de 1923, Adolfo Hitler alabó a Lutero como “el gran reformador alemán” que había “luchado contra el veneno judío en la fe alemana”:
«El hombre que vio al judío tal como es fue Martín Lutero, nuestro gran reformador».
(Hitler, discurso en Múnich, 21 abr 1923; Max Domarus, Hitler: Reden und Proklamationen, vol. 1, p. 56)
Joseph Goebbels, ministro de propaganda, escribió en su diario:
«Lutero fue un gran hombre. Vio al judío tal como es. Hoy seguimos su camino».
(Die Tagebücher von Joseph Goebbels, vol. 1, p. 27)
El movimiento de los “Cristianos Alemanes” (Deutsche Christen) —que buscaba fusionar el cristianismo con la ideología nazi— proclamaba abiertamente:
«Estamos cumpliendo el legado de Martín Lutero al liberar al cristianismo alemán del espíritu judío».
(Susannah Heschel, The Aryan Jesus, 2008, p. 23)
Incluso el fiscal estadounidense Robert Jackson, en su discurso inaugural en los Juicios de Núremberg (1945), reconoció esta continuidad:
«El antisemitismo no nació con Hitler. Fue predicado durante siglos por la Iglesia y por reformadores como Lutero, y llevado a su máxima expresión por el régimen que hoy juzgamos».
(IMT, Trial of the Major War Criminals, vol. 1, p. 252)
En 1936, el diario nazi Völkischer Beobachter publicó un editorial titulado “Lutero ante el problema judío”, elogiando su libro “Sobre los judíos y sus mentiras” como “el texto más profundo sobre la cuestión judía jamás escrito por un alemán”. Fuente: Völkischer Beobachter, 25 de febrero de 1936.
Historiadores contemporáneos han establecido un consenso claro sobre la línea de continuidad ideológica entre Lutero y el antisemitismo nazi:
“Los nazis no inventaron el antisemitismo alemán: lo heredaron, y Lutero fue su fuente más influyente.” — Heiko Oberman, Luther: Man Between God and the Devil (1989), p. 296.
“Las palabras de Lutero se convirtieron en profecía autocumplida en 1938.” — Susannah Heschel, The Aryan Jesus (2008), p. 28.
“El antisemitismo de Lutero fue redescubierto y revitalizado por los nazis como un documento profético.” — Richard Steigmann-Gall, The Holy Reich (2003), p. 29–31.
El espíritu que no fue de Yeshúa
Es evidente que el espíritu que animaba a Lutero no era, en absoluto, el espíritu de Yeshúa ni el de sus emisarios. Yeshúa no solo fue judío —el Rey de los Judíos, el Judío de los judíos—, sino que lloró por Jerusalén (Lc 19:41–44), intercedió por quienes lo crucificaban (Lc 23:34) y enseñó a amar incluso a los enemigos (Mt 5:44). El rabino judío Pablo, su discípulo y emisario, manifestó un amor entrañable por su propio pueblo Israel, diciendo:
«Desearía ser yo mismo anatema, separado del Mesías, por amor a mis hermanos, los de mi propia raza según la carne» (Rm 9:3).
El espíritu del Mesías fue de compasión, perdón y restauración; el de Lutero, de ira, condena y destrucción. Yeshúa derramó Su vida por el pueblo de Israel; Lutero derramó la sangre de los israelitas. Quien sigue verdaderamente a Yeshúa el Mesías no puede heredar el resentimiento de los hombres, sino el amor redentor de Aquel que dio Su vida por judíos y gentiles por igual.
Reflexión final
Lutero — un monje antisemita— fue una de las raíces teológicas más influyentes del antisemitismo europeo, y su legado fue usado por el Tercer Reich como “autoridad espiritual” para legitimar el odio contra el pueblo judío.
Hoy no es un día para exaltar a Martín Lutero, sino para reflexionar. El deseo de este hombre, marcado por un profundo antisemitismo, encontró su trágico cumplimiento siglos después en la figura de Adolf Hitler.
Dejo este escrito para que el verdadero discípulo de Yeshúa reflexione y se informe sobre las bases sobre las cuales el Protestantismo ha edificado tu fe.



