La narrativa de la Torá relata el dramático episodio en el que los hermanos de Ioséf, hijo del patriarca Iaacov, concibieron inicialmente la idea de asesinarlo cuando se acercaba a ellos, declarando: “Vamos, matémoslo y arrojémoslo en una de las cisternas, y digamos que una mala bestia lo devoró” (Gn 37:20, según el texto original citado). El texto continúa describiendo que, al llegar Ioséf, lo despojaron de su túnica de rayas de colores que vestía y lo arrojaron a una cisterna que, según especifica el relato, “estaba vacía, no había en ella agua”.
Cabe preguntarse por qué la Torá hace hincapié en la ausencia de agua. Tradicionalmente, el agua es un elemento que simboliza la vida y un elemento purificador: el hecho de que Ioséf fuese arrojado por sus propios hermanos a un vacio árido y sin agua, alude en un sentido espiritual, al Sheol —el lugar donde no hay vida (Salmos 6:5–6)—, la tumba, el estado de inconsciencia y muerte.
Además, esta ausencia de agua porta un simbolismo adicional: dado que el agua actúa como un espejo, su inexistencia en el pozo podría interpretarse como una enseñanza de que, aunque el odio de sus hermanos se manifestaba intensamente hacia Ioséf, este odio no encontraba un reflejo de rencor o resentimiento en el corazón de Ioséf hacia ellos.
Tras haber arrojado a su hermano Ioséf en la cisterna vacía, los hijos de Israel vieron pasar a unos mercaderes midianitas y decidieron venderlo a ellos por veinte piezas de plata. El Séfer Bereshit (Génesis 37:28) subraya el destino de Ioséf, haciendo hincapié en que los midianitas “llevaron a Ioséf a Egipto”, un lugar que, en el contexto de su viaje a través del desierto, representaba el comienzo de su exilio y cautiverio.
Una fuente paralela a la Torá, el Séfer Iovelim (Libro de los Jubileos 34:12), añade un dato crucial a la narrativa de Ioséf. Este texto relata que, “Los hijos de Iaaqov degollaron un cabrito, mancharon la ropa de Ioséf con su sangre y la mandaron a su padre, Iaaqov, el diez del mes séptimo”. Mientras esto ocurría, Ioséf, ya vendido por sus hermanos, fue enviado por ellos hacia el desierto de Egipto, tal como se detalla en la Torá. Este relato establece una conexión simbólica: el diez del mes séptimo, conocido posteriormente como Iom Kipur—Día de la Expiación. En ese mismo momento, la sangre de un cabrito inocente, que representaba la sangre de Ioséf, era mostrada a su padre Iaaqov. Simultáneamente, Ioséf fue arrojado al pozo y luego enviado al desierto rumbo a Egipto, quedando bajo el poder de extranjeros. La venta de Ioséf y la presentación de la “evidencia” falsa de su muerte coinciden así con la fecha de la expiación anual de Iom Kipúr—Día de la Expiación.
De manera similar a Ioséf, la narrativa bíblica relata que Yeshúa el Mashíaj (“el Ungido; Mesías”) fue traicionado y vendido por sus propios hermanos (los de su pueblo), fue condenado a muerte, y su sangre fue presentada ante el Altísimo, su Padre. Tras su muerte, se descendió al Sheol —el reino de los muertos— y luego, al salir de allí en su resurrección, fue entregado a las naciones extranjeras, los gentiles. Allí, su identidad y persona fueron desfiguradas, convirtiéndolo en un extraño, transformándolo en una figura foránea —una figura “greco-romana”, equivalente al disfraz “egipcio” de Ioséf—. Esto incluyó la helenización de su nombre, cambiándolo de Yeshúa a Iesous. Este proceso de cambio de nombre y asimilación al extranjero es análogo a lo que le sucedió a Ioséf cuando fue llevado a Egipto, al dominio de los gentiles, donde su nombre original Ioséf fue transformado por el faraón a Zafnat Paneaj. Sin embargo, así como la narrativa de la Torá muestra que la identidad original de Ioséf prevaleció al final, del mismo modo el nombre y la persona de Yeshúa el Mashíaj (“el Ungido; Mesías”) ha sido ya restituido a su forma auténtica.
Este contexto narrativo de Ioséf y el dolor de su padre resulta fundamental para esclarecer la visión sobre el origen del Día de la Expiación—Iom Kipurim.
El Séfer Iovelim (Libro de los Jubileos 34:18-19) establece una conexión directa, añadiendo lo siguiente bajo la escena del sufrimiento de Ioséf:
“Por eso se estableció a los hijos de Israel que guardasen luto el diez del séptimo mes, día en que llegó la luctuosa nueva de Ioséf a Iaaqov, su padre, y que en él expíen por su pecado con un cabrito, el diez del mes séptimo, una vez al año, pues apenaron las entrañas de su padre a causa de su hijo Ioséf. Se estableció este día para que en él se entristezcan por su pecado, por todas sus culpas y errores, para que se purifiquen en este día, una vez al año.”
De esta manera, la fecha de Iom Kipúr se instituye como un día de luto, aflicción y purificación anual, conmemorando el dolor y el engaño causado a Iaaqov por la falsa noticia de la muerte de Ioséf, un engaño que fue simbolizado precisamente por la sangre de un cabrito que murió en su lugar.



