¿Por qué debe quemarse el jélev (grasa) antes de que la ofrenda suba al Altar?
Comentario a Parashat Tzav (Levítico 6:1—8:36)
«Y los hijos de Aarón quemarán esto en el altar sobre el holocausto, que estará sobre la leña que habrá sobre el fuego; es ofrenda encendida, de olor grato para Adonái.»
— Levítico 3:5
«Toda la grasa es de Adonái.»
— Levítico 3:16
«Y quemará toda la grasa sobre el altar.»
— Levítico 4:10
“No comeréis ninguna grasa de buey, ni de cordero, ni de cabra... porque cualquiera que coma grasa de animal del cual se ofrece ofrenda encendida al Eterno, la persona que la coma será cortada de su pueblo.”
— Levítico 7:22–25
En la Parashat Tzav, el Eterno instruye a Aarón y a sus hijos con una advertencia que podría pasar inadvertida de la ceremonia de sacrificios: “Toda grasa [jélev] pertenece al Eterno” (Lv 3:16), y, en consecuencia, ningún israelita podía consumirla (Lv 7:23—25). La sanción por violar este mandato era karet, la “extirpación de su pueblo”, pena reservada para las transgresiones más graves del pacto. ¿Por qué debe quemarse el jélev (grasa) antes de que la ofrenda suba al Altar?
La palabra jélev (חֵלֶב) no designa simplemente “grasa” en sentido genérico, para eso el hebreo dispone de shemen (שֶׁמֶן: aceite, grasa en sentido general). El jélev se refiere específicamente a la grasa interna que rodea los órganos vitales: la parte más densa, más rica, más nutritiva del animal.
De ahí que la misma raíz aparezca en expresiones como jélev haáretz: “lo más selecto de la tierra” (Gn 45:18), o jélev jitá: “lo mejor del trigo” (Sal 81:17). En el lenguaje de la Torá, el jélev es la parte donde se concentra el valor y la vitalidad de la criatura. Si el jélev representa lo más valioso del animal, entonces la ley que lo reserva al altar es una forma de declarar que lo óptimo no puede quedar en manos del hombre; lo mejor de la creación vuelve a su Fuente.
Jével y el arquetipo del Jélev
Con esto en mente, uno de los relatos más breves de Génesis se vuelve mucho más transparente. De Jével (“Abel”) se dice que ofreció “de los primogénitos de su rebaño y de su jélev” (Gn 4:4). Es decir, no llevó lo que le sobraba ni lo que le resultaba cómodo entregar, sino lo primero y lo más rico. En pocas palabras, la Torá sugiere que lo que distingue su ofrenda no es el tipo de sacrificio (animal en vez de vegetal), sino la calidad de lo que pone sobre el altar y la disposición interior que eso revela. Jével (הֶבֶל) entrega su jélev (חֵלֶב). Y su propio nombre, cercano en consonantes a jélev, parece insinuar que entre él y lo que ofrece no hay división. No solo presenta algo “de su propiedad”, de algún modo, se ofrece a sí mismo en lo que está entregando. Es decir, que entre el oferente y su ofrenda no había separación: él mismo era lo que entregaba.
Los dos fuegos
La prohibición del jélev (grasa) puede leerse en dos niveles que, puestos juntos, presentan una mejor comprensión del sacrificio:
(1) El jélev de los deseos carnales que siguen activos. Quien se presenta ante el altar mientras sus concupiscencias permanecen sin ser entregadas al fuego, es decir, sin teshuvá (cambio; arrepentimiento), sin renuncia real, pretende que la ofrenda sea aceptable por encima de una condición no resuelta y que el sacrificio tape una situación interior que sigue intacta.
(2) El segundo nivel interpreta el jélev como el placer. En esta interpretación, se describe lo que la tradición judía llama el problema del לֹא לִשְׁמָהּ (lo lishmá): hacer algo no puramente por o para Dios, sino por una motivación ulterior. Aquí ya no hablamos del pecador que no quiere cambiar, sino del justo que cumple una mitzvá (mandamiento), pero se guarda, sin quizás darse cuenta, el gusto que le produce: la satisfacción de haber dado, el placer de haber obedecido, el alivio de la conciencia satisfecha. Ese sabor, que en principio no es malo, puede convertirse en el objetivo oculto. Aunque la acción sea correcta, la intención ya se comió la grasa antes de que llegara al altar y fuera quemada. En otras palabras: el problema no es que la acción sea mala. El problema es el beneficio emocional que produce: la satisfacción, el alivio, la sensación de haber cumplido, fue consumido por mi “YO” antes de que llegara a Dios. De esta manera, la motivación de “obrar con justicia/bondad/amor” es mi satisfacción interior. Incluso un maestro que enseña Torá puede hacerlo con el objetivo (oculto) de sentir satifascción al dar una enseñanza. El maestro que enseña con genuino amor a sus talmidim (discípulos) puede, sin advertirlo, estar alimentándose del momento en que algo hace click en el alumno. Todo eso es real, es incluso muy útil y hermoso, PERO si se convierte en la razón encubierta por la que enseña, el jélev está siendo consumido por él mismo, antes de que la enseñanza subiera al altar. Lo que hace esto especialmente difícil es que ese placer no se siente como pecado. Se siente como justicia.
En ambos casos opera el mismo principio espiritual que debe de aplicarse al ofrendar un sacrificio al Creador. El primer jélev es más evidente: los deseos desordenados y carnales pueden nombrarse y enfrentarse. Antes de cualquier entrega ante el altar, es necesario quemar estos deseos terrenales. El segundo es poco perceptible: suele aparecer cuando el primero ya fue trabajado. Son capas de una misma exigencia. Por eso la ley sobre el jélev no es solo una regla de culto, más bien parece un lenguaje del alma: así como el israelita no podía comer la grasa antes de que fuera quemada en el altar, tampoco la persona puede apropiarse del fruto espiritual de una acción sagrada antes de haber dejado que el fuego divino consuma tanto los deseos que no se rinden como la complacencia de haberlos sometido y vencido.
Si bien comer de un sacrificio es una mitzvá (mandamiento), la persona no puede hacerlo antes de que sus grasas hayan sido quemadas sobre el Altar. La persona solo puede estar segura de que una mitzvá (mandamiento) se cumplió correctamente cuando su “grasa” (su placer, incluido el placer que deriva de realizar una mitzvá o acto de justicia), fue entregado a Dios. Solo de esta forma puede tener la certeza de estar cumpliento las mitzvot (mandamientos) puramente en aras del Altísimo y no por la satisfacción que producen.
Y, si bien presentar una ofrenda ante el altar es una mitzvá (mandamiento), la persona no puede hacerlo antes de que su jélev (sus deseos carnales) haya sido quemado sobre el Altar. La persona solo puede estar segura de que su ofrenda fue aceptada cuando sus concupiscencias, aquellas que permanecían activas e intactas, fueron entregadas al fuego para ser consumidas antes de acercarse. Yeshúa mismo introduce este principio: "Si traes tu ofrenda al altar y allí recuerdas que hay en ti una condición no resuelta, deja tu ofrenda y ve primero a resolverla" (Mt 5:23–24). El altar de Dios recibe lo que el corazón ha quemado primero. Solo de esta forma puede la persona tener la certeza de estar presentándose ante el Altísimo con las manos limpias, y no pretendiendo que el sacrificio tape una condición interior que sigue intacta.
El Salmo 51 condensa todo esto de forma sencilla. Después del episodio con Bat-sheva (Betsabé), David reconoce: “No te agrada el sacrificio… los sacrificios de Elohím son el espíritu quebrantado” (Sal 51:18–19). Ese quebranto, el lev nishbar, es la quema del propio jélev antes de presentar cualquier ofrenda externa. El rey David no está aboliendo el sacrificio, pero sin ese fuego previo del interior del hombre, el altar exterior no recibe nada, aunque hayan animales sobre él.



