Que vuestra Luz brille (Mt 5:13–16)
Comentando Mt 5:13-16: «Sois la sal de la tierra»; «Sois la luz del mundo».
Colocados entre las bienaventuranzas y la declaración programática de los versículos 17–20 de Mt 5, estos dichos deben entenderse como divinamente seleccionados con el propósito de efectuar una transición entre ambos pasajes de mayor peso. El enfático «vosotros» con que se abre la sección la vincula estrechamente con la bienaventuranza final: «Vosotros, que sois perseguidos por causa mía, sois precisamente quienes debéis funcionar como sal». Del mismo modo, el dicho final del grupo, al hablar de la buena conducta, anticipa el resto del capítulo 5, que ofrecerá ejemplos del comportamiento esperado de los seguidores de Yeshúa.
Pueden hacerse tres observaciones generales acerca del modo en que funcionan en estos versículos las metáforas gemelas de la sal y la luz.
Primero, el indicativo sirve de base para un imperativo. Las afirmaciones categóricas «Vosotros sois la sal de la tierra» y «Vosotros sois la luz del mundo» se presentan sin justificación (¿por qué?) ni interpretación (¿cómo?). El imperativo implícito se halla en la frase: «Sois sal, sí, pero para la tierra, no para vosotros mismos. Sois luz, pero para todo el mundo, no para un círculo cerrado». Estos versículos anticipan el imperativo misionero de hacer discípulos en todo el mundo con el que concluirá la Besorá/Evangelio (Mt 28:18–20).
Segundo, el «vosotros» es corporativo: «Vosotros [plural] sois la luz [singular] del mundo». Esto se advierte al comparar el dicho con Filipenses 2:15: «entre los cuales resplandecéis como luminares en el mundo». Cada creyente está llamado individualmente a ser tal luz, pero en Mt 5:13–14 la Comunidad en su conjunto es desafiada a cumplir su misión corporativa de servir como sal y luz para el mundo. Tal tarea no puede llevarse a cabo por individuos aislados; es algo que debemos realizar juntos.
La expresión «la sal de la tierra» ha sido incorporada al idioma español como designación de personas especialmente buenas. Esto dificulta apreciar cuán extraña debió de sonar originalmente la frase. Podemos captar mejor su fuerza sustituyendo por otro condimento: «¡Vosotros sois el picante para toda la tierra!». Así recordamos que la afirmación no se refiere a estatus («sois la élite ética del mundo»), sino a función: «debéis añadir sabor y vigor a la vida del mundo entero». En el entorno judío, a la sal se le reconocen varias propiedades: realzar el sabor de la comida, preservar la carne y los pescados de la descomposición, y los rabinos también destacan su valor purificador. El primer símbolo, la sal, es valorado aquí por su capacidad de prevenir la corrupción, purificar y conferir durabilidad, más allá de su función de sazonar los alimentos, aunque esta última característica también la hace valiosa e indispensable. Para el mundo—es decir, para la humanidad—los discípulos de Yeshúa deberán ser lo que la sal es para aquello que se sazona: un agente que previene la corrupción moral.
Sin embargo, no pueden cumplir esta misión por sus propias capacidades humanas, sino únicamente a través del poder de la Palabra viva que da vida al mundo (Jn 6:33, 48). Al ser portadores de esta Palabra, Yeshúa los llama "la sal de la tierra". Si los discípulos no llevan en sí mismos la sal de la Palabra de Adonái (como se indica en Mc 9:50), no solo serán incapaces de cumplir su misión, sino que también serán desechados como la sal que ha perdido su fuerza y es pisoteada por los hombres (cf. Lc 21:24). Aunque estrictamente hablando, la sal no puede perder su sabor y seguir siendo sal, y así deberá ser un verdadero discípulo de Yeshúa. Pero una sal que ha perdido su fuerza es arrojada fuera de la casa y pisoteada por los transeúntes. Como explica Lc 14:35, ni siquiera sirve como fertilizante. A través de esta imagen, Yeshúa no solo declara la total inutilidad de un discípulo que ha perdido su vocación, sino que también señala su rechazo y expulsión del Reino de Elohím. Si un discípulo de Yeshúa pierde la sal de las Buenas Nuevas y la Palabra divina y se vuelve inútil, hasta el punto de ser arrojado y pisoteado, la implicación de su expulsión del Reino de Elohím/Dios es innegable.
Existe también una probabilidad que los dichos añadidos, que tienen paralelos en Lucas 14:34–35 y un eco más lejano en Marcos 9:50, probablemente se basan en un proverbio judío acerca de la inutilidad de la sal impura de la cual se ha extraído el cloruro de sodio. El punto es inequívoco, al igual que su aplicación moderna. Toda Kahál / Comunidad que se adapta tan completamente al mundo secular que la rodea que olvida su vocación distintiva se ha vuelto inútil. Su tan proclamada sal se ha vuelto insípida y carente de valor e interés.
En el antiguo Israel se asumía que Elohím / Dios no solo era la fuente de luz para la vida diaria («Tu Palabra es lámpara a mis pies y luz en mi camino» Sal 119:105), sino luz en sí mismo («En tu luz vemos la luz» Sal 36:9). Esto se hace más explícito en el Kéter /Nuevo Testamento: «Elohím/Dios es luz, y en Él no hay tiniebla alguna» (1 Jn 1:5). Mientras que el judaísmo rabínico veía en la Torá la mediación principal de la luz de Dios, los Discípulos atribuyeron pronto ese papel a Yeshúa, al comprender que en Él se manifestaba el mismo Espíritu. Para ellos, Yeshúa no era ajeno a la Torá, sino su encarnación viva: la Torá Viviente: «Yo soy la luz del mundo» (Jn 8:12). Shaúl/Pablo declaró haber contemplado «la luz del conocimiento de la gloria de Elohím en el rostro del Mesías» (2 Cor 4:6).
¿En qué sentido, entonces, puede describirse a la Comunidad como la luz del mundo? Solo en un sentido derivado. El mundo alejado de Elohím es oscuridad. El discípulo de Yeshúa no vive solo para sí mismo, sino para los demás (cf. Mt 25:26; 2 Cor 4:7). Serán la luz, siempre que permitan que la Luz verdadera (Jn 1:3), habite en ellos. Es únicamente en la medida en que la Comunidad proclama genuinamente al Mesías como el Señor, Rey y Mesías —no repitiendo trivialidades teológicas, sino manifestando Su vida en su propia vida— que puede ser verdaderamente la luz del mundo (cf. 2 Cor 4:5). Así el versículo equilibra delicadamente la realización de buenas obras de la Torá, nuestra lámpara (Sal 119:105; Prv 6:23; cf. 2 Sm 22:29), con la necesidad de evitar el orgullo y la atribución del mérito. La Comunidad debe recordar constantemente que no es la luz en sí misma, sino solo la ventana a través de la cual la luz debe ser vista. Como deja claro el profeta Isaías, ser «luz para las naciones» significa servicio (Isaías 49:6). Por ello, la Comunidad es la luz del mundo, en cuanto deriva su luz de Aquel que es la verdadera luz del mundo (Ef 3:9; Fil 2:15).
Esta comprensión parece verse desafiada por el dicho añadido: «Una ciudad asentada sobre un monte no puede esconderse», que podría sugerir que el papel de la Comunidad de Yeshúa es inviolable. Sin embargo, el contexto indica con fuerza que debe leerse como imperativo y no como indicativo: «Debéis ser como una ciudad sobre un monte, como una lámpara puesta en alto». Puede haber momentos de persecución extrema en los que la Comunidad solo pueda sobrevivir haciéndose invisible. Salvo tales circunstancias, está llamada a la visibilidad. Como ciudadanos del Reino de Elohím, los discípulos de Yeshúa —La Comunidad— habitan en una ciudad situada en lo alto de un monte y, por lo tanto, no pueden permanecer ocultos.
El deseo de ser vistos es profundamente humano y se alimenta de nuestra vanidad insaciable. Aquí, en cambio, la motivación procede de una conciencia viva de la grandeza de Elohím / Dios. Las buenas obras de la Comunidad deben funcionar en el mundo secular como imágenes indeleblemente grabadas del amor del Padre.
Es totalmente apropiado que la primera aparición del nombre predilecto de Yeshúa para Elohím / Dios, «Padre», ocurra en este pasaje. El Elohím / Dios que es más exaltado por actos de generosidad hacia los pobres y por bondades hechas a los enemigos que por las oraciones más elocuentes se concibe mejor como un Padre amoroso que como una fuerza impersonal. Llamar a Elohím / Dios «Padre», bien entendido, es concebir la obligación religiosa en términos interpersonales. El uso de los Discípulos de «Padre» no debería excluir las imágenes femeninas de Elohím / Dios. La contribución esencial del término «Padre» a nuestra comprensión de Elohím / Dios no es la masculinidad, sino la metáfora del progenitor que ama, la de Aquel que tiene un Hijo engendrado desde la eternidad, Yeshúa.



