Por lo general, el ser humano al escuchar estas palabras las recibe desde la emoción del corazón y no desde la obediencia. Las expresiones «esfuérzate» y «sé valiente», tan conocidas en el ámbito religioso, fueron tomadas de la instrucción que Dios dio a Yehoshúa («Josué»): «Solamente esfuérzate y sé muy valiente…» (Jos 1). A muchos predicadores les encanta citar este pasaje porque les resulta útil para animar a los congregantes al esfuerzo en la vida y a la valentía para enfrentar cualquier adversidad.
Y aquí está el problema. Lo que realmente me molesta en muchas iglesias es que, con tal de ofrecer un mensaje motivacional —y evitar que las ovejas se sientan confrontadas por sus malos hábitos o debilidades—, se toman textos como este fuera de su contexto, mutilando el mensaje para rehacerlo según sus intereses personales, emocionales y egoístas.
Si prestamos atención al verdadero sentido de las palabras dirigidas a Josué, el nuevo líder de Israel en aquel momento, vemos que Dios nunca le ordenó esforzarse por conquistar la tierra prometida con sus propias fuerzas — según la carne. Pensar que se trata de un llamado a la autosuficiencia según la carne, es, en realidad, antibíblico en todo sentido. La instrucción divina fue clara:
«Solamente esfuérzate y sé muy valiente, para cuidar de hacer conforme a toda la Torá que mi siervo Moisés te mandó; no te apartes de ella ni a diestra ni a siniestra, para que seas prosperado en todas las cosas que emprendas. Nunca se apartará de tu boca este libro de la Torá, sino que de día y de noche meditarás en él, para que guardes y hagas conforme a todo lo que en él está escrito; porque entonces harás prosperar tu camino, y todo te saldrá bien. Mira que te mando que te esfuerces y seas valiente; no temas ni desmayes, porque Adonái tu Dios estará contigo en dondequiera que vayas.» (Jos 1:7–9)
¿Puede alguien íntegro y honesto consigo mismo, con la Escritura y con los demás, leer este pasaje y llegar a la conclusión de que Dios exhortaba a Josué a «esforzarse en sus emociones» o a «mantener el corazón animado» como si la conquista de la tierra fuera comparable a correr una maratón y alcanzar la meta? ¿Es posible que alguien distorsione estas palabras y las desvíe hacia un sentido distinto al de guardar la Torá de Moshé («Moisés»)?
El texto no deja lugar a dudas: el esfuerzo y la valentía a los que Dios llama están directamente ligados a guardar, meditar y obedecer la Torá en todo momento. No se trata de un ejercicio emocional ni de un simple impulso motivacional, sino de un compromiso firme, consciente y perseverante con la fidelidad al mandamiento entregado por Dios. Reducir este mensaje a una metáfora sentimental es vaciarlo de su verdadero sentido y privarlo de la fuerza con la que fue dado.
La verdadera valentía bíblica no es la que enfrenta la vida con ánimo pasajero, sino la que permanece firme en la obediencia aun cuando el corazón se sienta débil, aun cuando la cultura alrededor presione en otra dirección. Ser valiente, en este contexto, significa elegir la fidelidad a la Torá por encima de los temores, las dudas, las pasiones de este mundo y sus tentaciones.
El pasaje de Josué 1:7–9 no es un llamado a la autoayuda ni a la motivación pasajera, sino una instrucción clara: esforzarse y ser valiente en obedecer la Torá. El verdadero desafío no está en “sentirse fuerte” o en “mantener el ánimo arriba”, sino en permanecer firmes en la Palabra aun cuando hacerlo sea incómodo, impopular o vaya en contra de nuestros deseos carnales.
Esforzarse significa no desviarse “ni a diestra ni a siniestra”, aunque las presiones del mundo nos quieran apartar del camino. Ser valiente significa mantenernos fieles en medio de la crítica, la burla o la persecución, con la certeza de que la verdadera prosperidad y la verdadera victoria —no la que el mundo enseña—vienen de la obediencia, no de la emoción ni del sentirse con el ánimo arriba.
Yeshúa mismo advirtió que llegaría el día en que muchos vendrían diciendo: «Señor, Señor, ¿acaso no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, e hicimos muchos milagros?»; pero Él les responderá: «Nunca os conocí; apartaos de mí, vosotros que practicáis la anomía (griego para: la violación de la Torá)» (Mt 7:22–23).
El contraste no puede ser más claro: Dios no busca creyentes motivados en sus emociones, sino discípulos valientes que guardan Su Palabra. Solo entonces podremos experimentar lo que Él prometió a Josué: «Entonces harás prosperar tu camino, y todo te saldrá bien». Yeshúa mismo lo advirtió en la parábola de los cuatro terrenos: “El que fue sembrado en pedregales es el que oye la palabra y al momento la recibe con gozo; pero no tiene raíz en sí, sino que es de corta duración, pues al venir la aflicción o la persecución por causa de la palabra, luego tropieza” (Mt 13.20–21). Es decir, aquel que se mueve solo por emociones no permanece, porque no tiene raíces en la obediencia. Y esta misma verdad resuena desde la apertura del libro de los Salmos, donde el rey David proclamó:
Salmo 1:1–3
«Dichoso es el varón que… en la Torá del Eterno está su delicia, y en su Torá medita de día y de noche. Será como árbol plantado junto a corrientes de aguas… y todo lo que hace prosperará».
Así vemos que el mensaje es uno y el mismo: tanto Josué como el rey David afirman que la bendición y la prosperidad no dependen de la emoción ni de la fuerza humana, sino de la fidelidad constante a la Torá—Palabra de Dios.



